Poesía completa de Alejandra Pizarnik

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Alejandra Pizarnik, Poesía completa, Buenos Aires, Sudamericana, 2014.

Hace unas semanas se me ocurrió llevar al aula varios libros de poesía, entre los cuales se encontraba la Poesía completa de Alejandra Pizarnik, volumen con el que me encuentro hoy en las estanterías de la Biblioteca Ambulante “Árbol de Lilas”, servicio del CeDIE que habilita préstamos de un período de tiempo mayor que los tradicionales. Aquella acción tuvo su origen en el interrogante que me surge cada vez que llega el momento de enseñar poesía, tarea que se me presenta como de una complejidad considerable.

¿Cómo enseñar poesía sin caer en los lugares comunes de la rima, las figuras retóricas, la métrica…? ¿Es posible enseñar poesía? Enfilé hacia la Biblioteca del C.P.E.M. donde trabajo; allí se encuentra completa la colección “Juan Gelman” de poesía, editada por el Ministerio de Educación de la Nación hace algunos años; tomé azarosamente un montón de libros de poesía argentina. Ya en el aula, los repartí y les sugerí que elijan al azar un poema en vistas a socializar su lectura. Compartimos un poema de Paco Urondo, uno de Guitarra negra de Spinetta, entre otros cuyos títulos no recuerdo. Al finalizar la clase, una estudiante manifestó su deseo de llevar consigo el libro de Alejandra Pizarnik: ahí la veo con la Poesía completa en las manos y la cara maravillada entre las hojas que compilan los poemarios de la poeta que según Cesar Aira vivió una “existencia abocada a la autodestrucción”

Me pregunto qué efectos habrá producido el contacto de esta nueva lectora de poesía con ese libro. Lo cual me conduce a recordar el primer poema de Pizarnik con el que tuve contacto; el poema era “Presencia”; se encontraba entre las páginas de un manual de Lengua y Literatura EGB 8 que había pertenecido a mi hermano. Unas páginas más atrás se encontraba “Cenizas”. Tendría yo la misma edad que la estudiante que ahora interactuaba con la Poesía completa; entre catorce y quince años.

Hoy constituye un lugar común hablar de Pizarnik en la escuela; revisitar su poesía y que ésta habite el espacio áulico puede resultar muy provechoso, en tanto se nos presenta como una potente fuente de producción de sentidos y una posible puerta de entrada a la temática. La experiencia puede describirse con un verso que leo en este preciso momento en la página treinta y tres del volumen: “Las voces se elevan queriendo matizar las aspiraciones de soledad a que obligan los espacios”.

Es momento de devolver la Poesía completa a su estante cotidiano. “El desorden ya habitual de estos libros”, nos dice Walter Benjamin, “subraya la presencia del azar y el destino, haciendo revivir los colores del pasado”. La presencia de Pizarnik en estos estantes revive en mí aquel primer contacto con la poesía. Esa experiencia ahora le toca ahora a una estudiante; quizá en este tipo de experiencias pueda verse la manifestación de que hay algo “callado que recorre la presencia de las cosas” (Pizarnik, Poesía completa, p. 309).

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